27 febrero 2009

.. el pasado día 25, en la FILPM

A las 13h el homenaje que Libros de Godot organizó. Maricela Lara contó entrañables convivencias con Alejandro. Leonor Azcárate después de una breve e intensa intervención dio paso a la “lectura en atril” que realizó Alejandro Faugier de “Las visitas”, obra de teatro de tres personajes de Alejandro Aura.
Pero Leonor había convertido la obra en un monólogo del enfermo protagonista, aterrado porque llega la hora de las insidiosas visitas, y ese monólogo lo finaliza con el poema “Despedida”. Magistral el monólogo y la lectura.
Llegó María Aura y cerró, como si el poema le saliera del alma, con la lectura de “Un muchacho que puede amar”.

A las 16h fue el concierto de Fernando del Castillo, y transcribo esta crónica que me envió un espectador:
Y llegó el concierto con toda la expectativa por delante. En medio de un luminoso ambiente neoclásico, Fernando comenzaba su programa, solo escucharle su voz precisa y educada, ya era todo un agradable momento decimonónico, el espacio tenía un ansia de nostalgia que se iba desgranando conforme avanzaba el concierto y la melódica voz de Fernando surtía efecto entre los que oíamos alelados una canción tras otra, la emoción crecía y efectivamente, se sentía uno entre amigos. Pero he aquí que llega de pronto una joya: una canción de autor desconocido según confesó su propio autor, en la que las fibras más emotivas de la nostalgia fueron tocadas por esa mano que en la soledad recreaba al amor en sutiles cabriolas, evocando al amor, evocando la recreación de la memoria afectiva (y aquí es donde entra Proust. Maravillosamente Proust) ante el amor que es no siendo y el poeta cantaba como aquél ruiseñor que fabricaba una rosa con su sangre, para un negligente estudiante. La interpretación de Fernando fue tan emotiva que la audiencia replicamos con aplausos del corazón. Las demás canciones fueron bellas, pero siempre por debajo de ésta “Mi mano tañe” que finalmente constituyó el encore del programa ante la satisfacción de todos los que le aplaudimos de pie y pedíamos conmovidos más de tan buena y precisa voz.

Gracias, M.A.

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