06 mayo 2009

.. en sus Cuentos y ultramarinos

Ayer fue uno de esos días que llamo largos, porque requieren de toda mi atención y porque se adentran en la noche confundiéndose con ella. Invité a la tertulia literaria con la que comparto lecturas desde hace ya quince años “90lagartos”, y también a Cristina y a Miguel. El libro cuya lectura íbamos a compartir era “Cuentos y Ultramarinos” de Alejandro. Todo el día lo dediqué a elaborar el texto que iba a exponer, y un ratito a asegurarme de que la casa estaba lista para acoger a los doce o trece que íbamos a juntarnos. Se platicó enriquecedoramente durante dos horas y luego festejamos el encuentro hasta la una de la madrugada, con ¡las ventanas abiertas! pues el día estaba veraniego, maravilloso.

Ahí estaba Alejandro, presente en su último libro de cuentos, donde se oye su voz, dijeron varios de los contertulios.

Os quiero recordar que el libro se puede comprar en México, en España estará a la venta solo el día 20 de mayo a las 20h cuando se presente en Casa de América.

Este es el texto que escribí:

Una lectura realizada por Milagros o como poner orden a estos cuentos.

Los ultramarinos eran las tiendas que estaban en una esquina del barrio, a la que nuestra madre nos mandaba para comprar aquello que de repente faltaba en casa. Todo lo podías encontrar, todo. Decenas de estantes en los que los productos más variados permanecían en un perfecto acomodo.

Alejandro me pidió el año pasado que le ayudara a armar este libro de cuentos, cuentos que había escrito a lo largo de su vida, unos publicados, otros inéditos. Tenía muy claro qué cuentos publicar, así que en la selección apenas intervine, pero él no tenía idea de como acomodarlos. Me tocó a mí esa tarea y dos cosas estaban en mi cabeza: lo que había aprendido en la Escuela de Letras, que un libro de cuentos tiene un orden interno, un hilo conductor, una sustancia que lo amalgama y, la otra, el orden casi militar de una tienda de ultramarinos.

Pero lo que Alejandro me puso sobre la mesa eran las piezas más diversas que pudieran imaginarse; trapecios, esferas, rombos, pirámides, cilindros; de una amplia gama de colores rojas, verdes, blancas, negras, naranjas; de densidades distintas, muy distintas blandas, duras, rígidas, maleables, densas; y de formas diferentes agudas, romas, pequeñas, grandes, cortas, largas, breves, extensas. Me pareció casi imposible poner orden a todo aquel caótico material. Ni se me pasó por la cabeza un orden cronológico, Alejandro jamás fechaba sus escritos.

Las sucesivas lecturas hicieron aparecer las similitudes temáticas: historias de viajes, de deseo, del paso de lo cotidiano a lo extraordinario, de la familia, monólogos, metaliteratura, crónicas, etc, así los fui colocando en la estantería de mi pequeño ultramarinos y Alejandro quedó contento.

Aunque ahora, leído y releído, con su uniforme forma de libro, pide a gritos que lo desordenen, abrir por el índice y dejarse llevar por la sugerencia del título, por la extensión del cuento, por el azar que marca el número de la página.

O propondría un nuevo orden; primero el cuento El caracol. Crónica de un comerciante, después dejaría que el azar estableciera la posición de los cuentos intermedios y cerraría con uno de los brevísimos titulado Mascota: Lo malo de este reloj que tengo ahora es que consume demasiado rápido las horas que le pongo.
Esos dos cuentos tratan del tiempo, del disfrute de la observación y, por tanto, del ritmo de la lectura. No se ven los mismos detalles en un paisaje cuando viajas en un tren de alta velocidad que cuando se trata de un regional. En este caso, se pueden leer los nombres de los pueblos, sentir el aleteo de los pájaros, ver como las vacas te miran, responder a las manos que saludan, asomarte un instante a una ventana en la lejanía y que esa visión permanezca en tu memoria.

Y así es la literatura de Alejandro, como viajar en un tren muy lento, y poderse detener en una historia de pasión y muerte, en una propuesta poética para cambiar el mundo, en el sentimiento que un paraguas le producía, en la denuncia de lo sucedido en un barco en alta mar, en los efectos de la quimioterapia sobre su cuerpo. Todo con un denominador común, una prosa magistral, sonora, envolvente, que tanto más se disfruta cuanto más se paladea.

Si ahora me hicieran esa tópica pregunta de ¿qué libro te llevarías a una isla desierta?, sin ninguna duda respondería Cuentos y ultramarinos, porque es infinito como un poema y porque en él está Alejandro.


Y que leí:

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