11 julio 2009

.. en este libro de César Güemes. Infancia (I)



Otro de los pendientes es este entrañable mensaje que recibí en mayo de César Güemes, hablándome de uno de sus libros en el que aparece Alejandro:

De: Cesar Guemes Cerrillo []
Enviado el: lunes, 18 de mayo de 2009 17:54

MILAGROS: Te saludo desde México y atiendo al reclamo. Conservo un ejemplar de mi libro Vieja Ciudad de Hierro en la cual aparecen 100 personajes de la cultura mexicana retratados, entrevistados pues, pero cuyo dicho hice aparecer en primera persona tal cual me lo narraban, sobre el barrio en el que crecieron. Uno de los inefables para el volumen era, desde luego, Alejandro. De modo que te envío, ya que por ahora no puedo ir a España sino hasta septiembre, las dos páginas en donde nuestro querido poeta habla de sí. Es un texto hermoso que muy probablemente no tengas y que me fue dictado por él: aparece exactamente como me lo dijo. Al final de la segunda página comienza el barrio de otro personaje, no lo tomes en cuenta, lo que pasa es que al convertir la edición en pdf no hay manera de borrar ese sobrante. Adjunto la portada del libro por si te sirve de referencia. Espero que la presentación del volumen de Alejandro sea todo un éxito. Saludos desde México y un abrazo: César Güemes.




Y lo que resulta totalmente anecdótico es que el "otro personaje", el que va después de Alejandro en orden alfabético, es Jaime Avilés, que todos los que en su momento siguieron el blog de Alejandro sabrán la importancia que tuvo en el aumento de lectores y en aquellos intensos días en los que hackearon el blog:

Crecimiento inesperado

Después de la tormenta

Así, que sí, César, si lo quiero tener en cuenta y agradecerle una vez más su actuación.

Aquí va ese texto de Alejandro en "Vieja ciudad de hierro":


Alejandro Aura, actor

Llegué a la ciudad de México al mismo tiempo que nacía. El año, 1944. El lugar, la colonia San Rafael.

Y aún ahora puedo hacer un recorrido en la memoria desde la salida del edificio Gabino Barreda, primer piso, hasta innumerables sitios que entonces me salían al paso. La redundancia no es casual. Al abrir la puerta el recibimiento al mundo diario estaba a cargo de una serie casi interminable de mosaicos rojos y cremas. El pasamanos gris. Y nueve-quince-nueve escalones para ganar la puerta principal.



En la entrada del edificio vi a diario dos buzones donde noté mi crecimiento: altos palomares de mensajes imposibles hasta una mirada guardada detrás de la llavecita del buzón.

A la derecha, la tienda de pinturas; el balcón siempre recordado de Evita; la casa del Pelón; el garaje de Barajas; la ardiente tortillería; el estanquillo de los panqués perfumados; y la tlapalería y ferretería El Barco.

Tres cuadras de frente y al cine Universal: 40 centavos en galería, 50 centavos en luneta.

A la vuelta, la panadería La Primavera, con las mejores bolillos de mi infancia.

De El Barco a la derecha, un alto zaguán metálico coronado por una prodigiosa bugambilia. Casas porfirianas, vecindades modernas de entonces. Y la esquina de Velázquez de León, donde estaba la cripta de la Guadalupita, y la iglesia apenas construyéndose. Ahí acudía a los oficios religiosos a la confesión que constataba mi inminente santidad y a la comunión que la celebraba.

Entre semana, en las tardes, a los ejercicios del coro: "Plam,plam, plam, alegra, titiritero, la noche con tu tambor... Plam,plam, plam, el sendero tiene las ramas en flor". O atronadores aleluyas, himnos marianos, latinajos profundos.

Pero saliendo de frente del zaguán de Gabino Barreda, había, en primer plano, un terreno baldío de enormes proporciones, a donde me cruzaba con algún palito a desenterrar alcatraces con la esperanza de que, transplantados a tina maceta, florecieran en la ventana.

Por el rumbo llegaba una vez al año la carpa del Atayde, con su olor a estiércol y lentejuelas. Nos colábamos a la carpa de los animales, a la de los humanos. Y nos ocurría encontrar moneditas bajo las gradas, o lápices, o suéteres. O nos ocurría ver, arriba de las corvas, el nudo liguero de las medias, o la telilla sutil de las calzas. Y entre piernas, enaguas y zapatos, los elefantes, los payasos, los acróbatas: el circo.

Si salíamos a la izquierda, la tienda de Don Pepe, que nos fiaba las galletas Marías, la leche Nestlé y los tinlarines.

Así desembocábamos en San Cosme, que era un río ancho y caudaloso, donde pasaban los taxis Chevrolet y Ford, pintados de gris, con salpicaderas azul marino. "-Cuánto al cine Monumental... - Sesenta... -Le doy cuarenta... -Ni usted, ni yo, que sea un tostón..." Y al cine Monumental donde había de vez en vez películas mexicanas de estreno. O a pie, a la derecha, la sombrerería Oh, Qué Bueno. Y el puesto de Don Federico en un zaguán, quien armado de un ojo minucioso, componía relojes. Luego la papelería La Golondrina, propiedad de las señoritas Jáuregui, que vivían en el segundo piso de mi edificio. Mismas que para no engordar, me regalaban diariamente, en una tacita, la nata de sus litros de leche.

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