03 agosto 2009

Shakespeare



SHAKESPEARE


La calle Shakespeare
tiene numeración corrida hasta el 200, más o menos;
está atravesada por numerosos nombres importantes;
al principio es ancha y un poco ruidosa
pero a la segunda cuadra
una pequeña glorieta divide el pasado y el futuro.

A unos veite metros de esta glorieta
vivi la abuela de mi primera esposa
instalada en su terquedad;
cerca de allí compré una vez una paleta de limón;
más adelante hay una casa sin personalidad en venta.

Luego se equivoca la calle y tuerce un poco,
procuren ustedes no perderse.
Adelante cruza Copérnico de dos sentidos
con arbolitos raquíticos y casas con jardín;
en una de éstas vive mi hija
con su madre y sus abuelos
y la nana y la cocinera y la recamarera
y el coche café de mi primer suegro.

La calle Shakespeare
es angosta a fin de cuentas.
Suelo caminarla de noche
y pienso que desde alguna ventana
una mujer en camisón me espía;
está sola y yo soy un gigante turbulento.

Si continúan ustedes de frente
a pesar de las torceduras del camino
encontrarán la fuente de los búhos
rodeada de húmedo pasto
a donde a veces van los niños a jugar
a algunas noches, en las pequeñas bancas, hay amor.

Cruzando la fuente,
semilla de la sandía de la Nueva Anzures,
entre Gutenberg y Thiers –ojo– continúa Shakespeare,
calle angosta,
rodeada allí, casi en la punta de su corazón,
por la calle redonda Lafayette.

Se acercan ustedes a mi alma.

Después de la tienda que cerraron hay una tlapalería
de un hombre español
que suele estar muy triste, y que lo oculta,
luego una pensión de autos, luego
un edificio de apartamentos
donde viven unas mujeres felices
y enseguida, en el ciento ochenta y seis,
edificio con puerta negra,
vivimos en el alto cinco
mi hermana, mi cuñado,
mi sobrino Simón
y yo, su servidor de ustedes,
hasta que mi casero lo disponga.

Favor de no molestar.
Favor de visitarme un poco.


Escúchalo en voz de Marta Aura:


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