09 septiembre 2009

.. en los homenajes del 2008 (V)


Lo que me gusta de este texto de Julio Trujillo es que narra a Alejandro en España en los años del cáncer. Él llegó a dirigir Letras Libres acá y sucedió a Ricardo Cayuela en su puesto de director y en su amistad con Alejandro, era un poeta joven mexicano en quien Alejandro encontraba un apoyo.
Me gustaba levantarme al final de las sobremesas para dejar un espacio a la intimidad de Alejandro con sus tan amados amigos, aunque él siempre me decía que no existía tal lugar sin mí, que no había secretos, conversación en la que yo no pudiera estar. Pero yo me levantaba y, concretamente, con Julio sentía o imaginaba o ambas cosas que entraban en territorios de poetas, en lugares en los que entrar solo con Julio platicando le hacía mucho bien a Alejandro. Eso es lo que veía luego yo en sus ojos y sentía en sus caricias, un íntimo viaje.
Gracias Julio, por todo.


El anfitrión

Alejandro Aura fue un anfitrión. Lo fue como conductor de programas de radio y televisión, como hombre de teatro, como dueño de bares y centros culturales, como encargado de la política cultural del D.F., como agregado cultural en España y, en fin, como el amigo que abría las puertas de su casa para darnos de comer y de beber. Su generosidad y calor, su talento para romper el hielo y hacernos sentir rápidamente en una confianza total, eran bien conocidos en los varios ámbitos en los que se desempeñó. También fue un escritor-anfitrión, pero esa virtud le fue menos reconocida. Quiso que a sus libros se entrara con la misma ligereza de ánimo y con el mismo apetito con los que se entraba a su cocina. Evitó la gravedad a toda costa (salvo cuando así se requería del histrión): prefirió trabajar con palabras e ingredientes sencillos e invocar al humor (muchas veces autoinfligido) para deshacerse del lastre que pudiera entorpecer sus exploraciones. Esa ligereza no fue nunca light, como tampoco fue simple su voluntad de sencillez. La vida, ese insondable don que no dejó de asombrarle, fue su tema recurrente, e incluso cuando la enfermedad lo doblegaba más, supo apreciar y festejar sus sístoles y diástoles en todo su valor. Se está tan bien aquí, título de su último libro publicado, destila con transparente contundencia su gozosa manera de pensar.

Si, basados en la sola lectura de sus poemas, tuviéramos que adivinar la edad de Aura al escribirlos, diríamos que tenía entre cero y cien años. Este arco vital no es caprichoso: Aura, el poeta, es al mismo tiempo un recién nacido y un viejo sabino. Su mirada tiene la transparencia de quien recién llega: no hay velos ni apenas estrategia en sus poemas sino un asombro que envuelve, un pasmo vital que lo lleva a tutearlo todo, a estirar la mano y tocar, saborear, interrogar con los cinco sentidos. I


CALIDAD DE VIDA

Todo me gusta,
en todo tengo fiesta,
mi nombre es esplendor,
nada me cuesta.


Y esos mismos ojos recién llegados albergan, sin contradicción, el iris retorcido de quien ya viene de vuelta, de quien sabe (por experiencia, porque ha cruzado el pantano y se ha manchado las plumas) que lo complejo es mejor tratarlo con herramientas francas. “Alguien tiene que escribir las adivinanzas”, confesó Aura en algún momento, y en esa revelación está la clave de su poesía: el autor de una adivinanza es a) Un niño, en tanto que sus aproximaciones son lúdicas y parten del asombro y la inocencia; b) Un adulto, en tanto que sabe manipular maliciosamente el lenguaje (su contenido y su forma) hasta convertirlo en un artefacto. Podría agregar un inciso c) El autor de una adivinanza es un fantasma: apuesta siempre por el protagonismo de su juguete y no por el suyo propio, se retira a tiempo, sabe que la poesía es de todos y ya no del poeta. Y así es: el poeta Aura trabajó sin cansancio y sin afanes protagónicos. Lo atizaba el amor por la escritura, no el aplauso. Aunque siempre tuvo claro que era poco y mal leído, se supo acoger a la evidencia de que la verdadera recompensa estaba en la escritura misma. Escuchémoslo nuevamente en sus propias palabras:

Huele a muchacha el aire de mediodía,
huele a muchacha natural,
y está tan cargado de olor a muchacha
el aire de mediodía
que estoy a punto de gritar
que el aire de mediodía huele a muchacha.


Sus dos últimos años de vida, en los que yo lo frecuenté, fueron inevitablemente protagonizados por un cáncer feroz. ¿Qué hizo Aura ante el embate de una enfermedad que le fue arrebatando hasta esos placeres que, desde la salud, damos por nimios y sentados (como el placer de respirar sin toser terriblemente)? Exprimir el minuto, seguir convocando a los amigos, escribir y leer con avidez (mucho Pérez Galdós, mucho Hening Mankell y mucho mito griego), crear un blog como quien redacta, aún en plenos poderes, un meditado testamento. Asumió la enfermedad tan solemnemente como se asume un resfriado, y la tuteó y la incorporó a su vida sin drama ni afectación. ¿Por qué velar con silencios o eufemismos algo que está ahí, matándonos a ojos vista? Y entonces hablábamos de política, de López Velarde y del pinche cáncer. Hablábamos del soneto y del serventesio y de la metástasis. Hablábamos de su entusiasmo por el blog y sus lectores y hablábamos de las sesiones de quimioterapia. Para un tonto con salud como uno era imposible entender que hubiera una sangre inoculada con una lacra tan atroz que fuera capaz, al mismo tiempo, de sonreír y continuar, de hablar tanto del dolor de espalda como de la mejor manera de mantener frescos los chiles verdes recién llegados de México.

“Tenemos cáncer”, escribía Aura, y en esa primera persona del plural incluía a Milagros, su incombustible y casi inverosímil pareja que no se despegó de su lado en sus años finales, ayudándolo en todo y, sí, padeciendo con él el cosmos expansivo de la enfermedad. Su hija María también formó parte de ese compacto, amoroso plural. Y el poeta –que, como siempre, en su desaparición se granjeará lectores– también lidió con el cáncer. Si en Se está también aquí se daba el lujo de festejar que, debajo de la ropa, todas las mujeres fueran desnudas, en su último esfuerzo poético se dedicó en cuerpo y alma a contar la épica sordina de la declinación. Además de la evidente metamorfosis que la enfermedad (“su encanto metabólico”) le provocaba, y de las reflexiones “de umbral” que le inspiraba, el cáncer le interesó en toda su plasticidad lingüística: “Del fondo muy profundo de los lenguajes viene el cáncer”, “Este es el cáncer de step & the dancer”. Se repitió y repitió la terrible palabra, sin pretender ingenuamente disolverla a fuerza de mentarla sino llevándola hábilmente a su cancha, distrayéndola con fintas y caracoleos, conociéndola de cerca. El poeta desplegó muchos de sus recursos en la hora final, y si no encontró respuestas a la mano para sus preguntas, sí pudo llenar el vacío con la libérrima retórica del desparpajo: Porque hay un lugar a donde el cáncer –éste en particular, en este cuerpo / que lo celebra y lo usa para entretener sus difíciles mañanas de enfermo – / tiene que ir; en mexicano puro se diría: a chingar a su re puta madre, / y ya se entiende a dónde en el buen español de todo el mundo.

En Madrid, en el barrio de las letras, en la calle de Cervantes, ahí donde vivió Lope de Vega, vivió y murió Alejandro Aura. No habrá placas oficiales para él en tan insigne geografía, pero sus amigos sabemos que ahí despachaba el anfitrión, y lo vamos a echar mucho de menos.

Julio Trujillo


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