01 octubre 2009

.. en este texto de José Ramón Enríquez




Hay muchas personas del entorno de Alejandro a las que no he llegado a conocer en persona todavía, pero de las que he oído hablar, José Ramón Enríquez es una de ellas.

En este texto que apareció en el último trimestre del año pasado en la revista Paso de Gato, hace una estupenda semblanza de Alejandro desde la experiencia teatral, que define perfectamente al hombre.

Gracias José Ramón.


Alejandro Aura


por José Ramón Enríquez


Cuando me he referido a Alejandro Aura como a un juglar no he tratado simplemente de abocetar alguna metáfora amable o cualquier otro recurso retórico. He querido definir al actor, poeta, autor teatral, conversador, funcionario y director de escena que él fue dentro de una categoría específica de la dramaturgia, aquella que tiene como punto de partida lo que podríamos llamar con Barthes “el placer del texto”, con todos los significados de palabras como “placer” y como “texto”.

Es decir, como los juglares, Alejandro partía de un amor sensual (no sólo ideológico) tanto por la palabra como por la gestualidad que la acompañaba. En segundo término ponía la voluntad de documentación, la actualidad temática o la originalidad en la anécdota, aunque no dejaran de ser importantes.

Si la palabra "juglar" viene del latín joculator, el que juega, llega a nuestro idioma desde el provenzal ya con su sentido de cantor, de contador de historias, de acompañante en las fiestas populares, en las raras alegrías, las gestas y los sueños compartidos por los pueblos. En nuestra historia literaria, ante el mester de clerecía, oficio poético de los maestros del pueblo, el mester de juglaría se alzaba como oficio poético de ese pueblo que se hablaba a sí mismo, sin magisterio alguno, sólo con el júbilo que produce compartir la palabra.

Y Alejandro era un cantor jubiloso tanto arriba de escena como abajo. Mejor dicho, Alejandro era capaz de convertir en escenario cualquier espacio, inclusive el difícilmente poético de la estructuras burocráticas y convertirse por ello en “el mejor funcionario cultural que la ciudad se haya dado a sí misma, y que renunció a la dirección de su política cultural cuando la autoridad mostró desinterés por el arte y la cultura”, como lo definiera otro poeta, Eduardo Vázquez Martín, su colaborador en aquella gesta.

Discípulo de Juan José Arreola, otro juglar con todo el peso de la palabra, Alejandro quiso ser, como él, un gran actor. Y lo fue. Su emoción y su energía inacabables surgían del júbilo del oficiante y del contacto sensible tanto con un texto al que debía hacer carne cuanto con un público al que debía hacer suyo. Hacerlo suyo en la medida en que se volvía también de su propiedad.

Propiedad y propietario, al mismo tiempo, de público y de texto, contra principios que se quieren eternos de no contradicción. En realidad, un juego amatorio como Barthes quería no sólo en su definición del “placer del texto” sino en los Fragmentos y en su novela cercenada por la muerte absurda. Desde este juego me arriesgo a hablar de una “erótica del texto” a cuyo servicio se han puesto siempre los juglares. Y Alejandro fue un oficiante sin igual de tal mester.
Desde muy joven, en el taller de Arreola en la Casa del Lago, se entendió poeta y desde Silencio, pollos pelones se supo actor. Participó en puestas anteriores a esta de Carballido, dirigida por Dagoberto Guillaumin, pero he querido señalarla porque la vi, a la vuelta de mi casa, en Santa María la Ribera (foro del SNTE y calle del Naranjo). Alejandro tendría 18 o 19 años, yo 17 o 18, no nos conocíamos, pero ambos éramos de aquellos barrios.

No se detuvo nunca como actor. Actuó desde Sor Juana hasta Carballido, así como a Chejov, Musil, Lorca y Anouilh, por ejemplo. Lo dirigieron Guillaumin, Guevara, López Miarnau, Gurrola y Margules, también sólo como ejemplo. Y en 1979 quiso dar el paso a la dramaturgia con Las visitas, una obra que mezcló sueño y realidad, desde un hospital, con un paciente que hablaba del dolor y del amor, mientras llegaba el flautista de los orígenes -tres décadas antes de que a él le tocara visitar hospitales y escuchar el sonido final-; un llamado que anunció para Alejandro, estoy cierto, una nueva forma del amanecer.

A Las visitas siguió el gran éxito de Salón Calavera que dirigió él mismo para reescribir la textualidad sobre la escena. Ahí denunció la corrupción de un sindicato, la ANDA, que pretendía representar a su gremio. Y después, un juego entre la modernidad radiofónica y el mester de siempre: XEBululú.

Supo conversar como el mejor, ejercer el difícil oficio de anfitrión, dar de comer como nadie y hacer sentir siempre bien a quien con él se encontrara. Como decía Manrique, “¡qué amigo de sus amigos!”…

¡Qué juglar..!

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