09 mayo 2010

Tambor interno 6



6


Hablar
nos daba miedo,
preferíamos los gritos atarantados
y el billar.

“¡Ovejas negras
–nos decían–,
vagos!”

Sólo aprendimos a hablar,
sin saber por qué,
cuando en los bailes
nos acercábamos
a los pequeños cuerpos tibios
de las muchachas.


Pero a menudo
nos cortaban la palabra.
(Eva se rió de mi primer poema
y a Lilia
le danban asco las espinillas.)

Nada queríamos entender,
pero es de comprenderse,
nos daban domingo de hambre
y todos los días,
en casa,
preveían nuestro fracaso.

En la escuela,
los más,
no sabíamos bien a bien
lo que estábamos haciendo,
y reprobaban a los faltos de memoria.

Nos daba miedo hablar
pero iniciamos la violencia
en las esquinas;
huimos de las casas paternas,
y ellas,
las muchachas,
se pusieron pantalones.
Los cerebros de algunos
fueron creciendo
a ritmo monetario.
Los jovencitos afeminados
llevan ahora del brazo
a las muchachas decentes
y las madres
esperan que todo se componga.

Otros,
contra eso,
amamos cínicamente.

También hubimos
quienes matamos la esperanza
de los padres.
¡Qué se le va a hacer!
La contabilidad me enferma.
Yo siempre he tenido vocación para el amor.





Escúchalo en voz de Margarita Castillo:

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