09 agosto 2009

Introducción



INTRODUCCION


Tengo las manos sudorosas,
el cabello reseco,
áspera la lengua
y a fuerza de quietud
el corazón
poco tranquilo.
Mis ojos se salen de su cauce, rojos,
tercos en ver lo que siempre es invisible.

Enciendo la tenue luz de mi palabra
–lo digo sin decoro–
y siento la cabeza a punto de estallar
como una bomba de tiempo
preparada en mi nacimiento
o antes de mi nacimiento
para hacer explosión simultánea
con las de cientos de hombres y mujeres
enronquecidos de gritar el santo y seña de la paz.

Siento en la conciencia –o como se llame–
una preocupación profunda
por todo lo que hice
y por lo que dejé de hacer.
Echo una mirada general sobre mi alma
y enmudezco un minuto completo,
involuntariamente.


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