En la Ciudad de México, cuando los días se suceden vertiginosamente, como estos últimos, presentaciones, conversaciones, estrenos de teatro, gente y más gente, siento al parar que te dejé atrás, que te perdí en el camino.
Anoche al meterme en la cama, sentí la necesidad de escuchar tu voz (eché mano de La invención de Morel) y busqué ese poema, tan largo y un poco imposible, que me leíste una noche cuando llegué a casa después de todo el día de trabajo:
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