16 mayo 2010

EVENTO: Sonetos para cuando ya .... (3)



Empezó el poeta Eduardo Vázquez:



Vivir no fue cumplir un requisito


Sonetos para cuando ya se va uno a morir
De Alejandro Aura

Por Eduardo Vázquez Martín


La poesía es una forma fundamental del pensamiento y la muerte uno de los temas centrales de la reflexión humana. Si la química sirve para entender cómo se comporta la materia, la física explica las leyes del universo y la biología describe las formas extraordinarias de la vida y su comportamiento, la poesía revela el asombro original de la conciencia humana ante su propia existencia. La gran pregunta de la poesía la pronunció Hamlet y Tomás Segovia la ha traducido así a nuestra lengua: “Ser o no ser: de eso se trata”.
De estar y dejar de estar se trata precisamente el último libro de Alejandro Aura: una reflexión en verso que nos toma del brazo del poeta, mientras este enfrenta la inminencia de la muerte interrogando su naturaleza para compartirnos sus conclusiones: “Aquí se queda el alma con lo suyo;/ no es que no exista, pero no perdura,/ (…) el cuerpo y el alma son lo mismo.”
El conjunto de sonetos y breves poemas que constituyen este libro no se proponen reconsiderar desde el punto de vista filosófico las ideas aristotélicas, platónicas o tomistas que a lo largo de la historia del pensamiento han ido desarrollando la visión dualista, donde el alma es entendida como el ser mismo en un estado de pureza que sin embargo vive preso en un cuerpo que se corrompe y deteriora, y del cual el alma desea escapar definitivamente para alcanzar la libertad verdadera, que solo es posible si el alma se despoja del cuerpo, es decir tras la muerte de la carne. Pero aún sin proponerse ese trabajo, los poemas parten de aquel sustrato cultural heredado hasta el presente gracias al papel dominante de la teología cristiana, para exponer su punto de vista como ser humano para quien la muerte ha dejado de ser una reflexión sobre los otros, es decir sobre la muerte de los otros, para convertirse en la muerte propia, la de Alejandro Aura.
Si el pensamiento occidental ha recorrido toda la distancia que cabe entre la metafísica religiosa que escinde cuerpo y alma hasta el materialismo que supone la total determinación del deseo o la voluntad a los dictados físicos de la materia y al contexto social en que vivimos, tiendo a pensar que los poemas de Alejandro Aura se inclinan conciente o inconcientemente hacia la filosofía oriental, más bien budista, que asume que todo cambia, que la vida es un constante flujo ininterrumpido, que todo es pasajero y nada permanente. El poeta lo dice a su manera, cuando asegura que el requisito de la vida, de la suya, de su amada vida, es “dar de sí y deshacerse luego”.
Abundan en este libro, como en el que lo antecedió (Se está tan bien aquí), múltiples imágenes a la belleza y fragilidad de la existencia: ante el advenimiento irremediable de la muerte, el poeta se conmueve con las cosas pequeñas, humildes, esas que un día están y sin más, otro día cualquiera, dejan de estar. A mi amigo Alejandro Aura le gustaba imaginarse inmortal e incluso presumía tener ese don, y el carácter maligno y virulento del cáncer que lo mató, le hizo preguntarse en verdad por la inmortalidad, y renunciar a ella. Digo renunciar, porque lo que Aura no hizo, no quiso hacer, es protegerse de la muerte con fetiches metafísicos, con alusiones a la eternidad del alma. Al poeta Alejandro Aura, lo que más le gustaba era la vida y no quiso ni engañarse ni engañarnos con el gastado consuelo del más allá; como todo ser literario le gustaban las narraciones mitológicas y las quimeras, “mas poniendo delante que la vida/ es la única cosa que tenemos”.
El pensamiento poético ha sido capaz de crear maquinarías de gran exactitud formal, capaces de contener una estructura verbal lo suficientemente sólida como para levantar un edificio de catorce pisos, donde los últimos dos o tres peldaños, que son los mas profundos, (porque la poesía se escribe de manera vertical de arriba hacia abajo) tienes dos funciones: rematar la razón de los cimientos (que se apuntalan en los primeros ocho versos), y abrir una ventana hacia otro sitio, un lugar que probablemente tenga que ver con lo cierto, lo descubierto, lo develado, la verdad. En el soneto el cuerpo lo conforman los primeros dos cuartetos, pero el alma se anuncia en el primer terceto, para mostrarse más libre y más ligera entre los últimos versos, donde el lance poético asume los riesgos necesarios para poner fin a la faena.
Alejandro Aura ha querido ceñirse a esta forma arquetípica del arte poético para hablar de la muerte, para mirarla de frente y cuestionar su naturaleza; tal cual como un torero que al final de la corrida, una vez que ha mostrado su maestría con el capote, ha puesto por alto un par de banderillas y a demostrado tener arte y suerte sobre el ruedo, toma por fin la muleta, más corta, más ceñida al cuerpo, y que esconde tras la urdimbre roja la espada que la muerte necesita. Aura perdió la vida, pero nunca el humor, ni las ganas de jugar con las palabras; de manera que sus sonetos son también juguetes verbales: “¿No quisieras jugar a hacer sonetos?” se pregunta, “son fáciles de hacer en encomienda (dice)/ pues pones los acentos en tu menda/ y veras que no tiene más secretos”. En la fecunda obra poética de Alejandro abunda el verso libre (en la medida que son libres los versos de un poeta con agudo oído y conciencia crítica), y no es común encontrarlo ensayando el verso clásico, pero imagino que en esos últimos tiempos que vivió en España, en el barrio de las musas, pared con pared de la casa Lope, en el vecindario que habitaron Cervantes, Góngora y Quevedo, se vio llamado por el barrio de la musas a entrar en la estructura del soneto. Le funcionó bien, pues estas formas petrarquistas son buenas lo mismo para la precisión de la sabiduría que para el ingenio del juego y aún la chanza; sobre todo si se parte del barroco que pulieron sus vecinos, como hizo Alejandro para nuestro placer, y aún en el terrible trance de morirse, quiso cerrarle la puerta a la solemnidad, y olvidó los oscuros paisajes neorrománticos que aburrieron tantas veces a las musas, para recibir a la muerte jugando a poner los acentos en su sitio.
“Ser o no ser: de eso se trata” dice Hamlet, pero más adelante se pregunta si morir es dormir y nada más, o si acaso en la muerte es posible soñar, y si es así, qué sueños pueden visitarnos. En voz de Hamlet Shakespeare dice: “esta es la reflexión que hace/ que la calamidad tenga tan larga vida”. Pero a Aura esta duda no le mortifica, y a las historias de ultratumba las toma con más humor que seriedad, y se refiere a ellas como “las hermosas leyendas milenarias/ que cuentan que cuando uno ya está muerto/ se convierte en remedos transparentes”.
Este libro escrito por Aura cuando sabe que la muerte está muy cerca comienza y cierra con el mismo poema: “Agua”. Es un poema de puro amor al agua, de puro cariño al placer que provoca el elemento: “…agua, qué dicha// tu y yo desnudos/ retozando/bajo el agua//Y ya.” La gran zaga de la poética del agua se hace presente en estos versos. Supongo que Alejandro no estaba pensando en la teoría de Oparin, pero no es necesario tener presente al científico ruso para concluir con él que sí, que en efecto el agua es el origen de la vida, que venimos del agua, que somos agua en constante movimiento, que fluimos como el agua porque estamos hechos de ella y por eso estamos vivos. El agua como principio y fin del libro me confirma que es el amor a la vida y no el miedo o a la muerte lo que hace al poeta Alejandro Aura escapar de los dolores y quebrantos del cáncer para sentarse a escribir estos sonetos, que junto al resto de su obra literaria, social, familiar y amorosa es una afirmación de que “vivir no fue cumplir un requisito”, y que “el riesgo de vivir sigue su rueda,/ toma ésta y toma aquella forma/ pero el cuerpo y el alma son lo mismo.”

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