17 junio 2009

.. en el libro Bipolar, de Julio Trujillo



Aunque lo compré el día del libro, con la clara intención de no leerlo, ... por ahora.
Un día me vi con él entre las manos, y llevada por la cadencia o por el vaivén del columpio, o por la completitud de la semana de tres días, o por lo bipolar, no podía dejar de leerlo, hasta que me topé con este poema dedicado a Alejandro:


Helos ahí,
tan expectantes como el público
inverosímil que vino a escucharlos.
Nos separa un espacio de inacción
e incómodo silencio que aprovecho
para aprender algo de ellos.
¿qué hacen con sus manos los poetas?
¿Cómo las domestican
para que estén sobre la mesa quietas,
bien portadas,
sin ostentar su íntimo alboroto?
¿Y qué hacen con su cara,
tan aparentemente calma e inspirada?
¿Cómo contienen
la delirante gesticulación
que a mí me asalta
cuando me escrutan las otras miradas?
¿Qué hacen los poetas con su cara?
Y las piernas,
que suele vedar un paño,
¿las cruzan y descruzan con apenas
controlado frenesí?
¿Sí?
¿Por qué ninguno de ellos se levanta,
arquea
su esqueleto y se deleita
con el tronar secreto de sus huesos?
¿Cómo es que los poetas,
ahí sentados,
esperando turno,
no eructan andanadas de improperios?
Les voy a preguntar,
lo estoy haciendo,
¿por qué no abren los brazos y aletean
-patéticos y bellos-
para escaparse volando?

pág 61 y 62



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