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16 abril 2010

.. en un disco de Olimpo Cárdenas


Caminando por el centro de la Ciudad de México me topé con este CD:



Lo demás dejo que Alejandro lo cuente (publicado en sus "Cuentos y ultramarinos"):


DE LUTO EL CORAZÓN

Estoy oyendo un disco de Olimpo Cárdenas que acaba de llegar a mis manos, unos amigos me lo trajeron de México junto con varios de danzones que les encargué, aunque éste no tiene nada que ver con el danzón. Es decir: operó el azar que maneja los conductos más estrechos de la verdadera vida.

Siempre me ha gustado oír cantar a Olimpo Cárdenas, quien junto con Julio Jaramillo acompañó mis primeros enamoramientos y mis primeros vasos de cerveza bebidos para construir el puente de las lamentaciones de mi adolescencia; me es entrañable. Pero resulta que Olimpo Cárdenas es mi hermano.

Fue, más bien, porque hace algunos pocos años que murió sin que nos conociéramos, sin que yo tomara la determinación de ir a buscarlo y, en todo caso, a dirimir por último el asunto: si sí o si no. Esta declaración puede causar revuelo, lo sé, porque es bastante improbable y escasean las argumentaciones para sostenerlo, además de que ninguna persona decente y sensata se va a poner a averiguar algo tan delgado con los jirones de intuición con que me he atrevido a hacer esta declaración.

Me cuelgo del delgado hilo de la memoria de una noche en que mi papá, don Olimpo Aura, me contó, copas de por medio, que había viajado alguna vez, de joven, por América del Sur; lo que no recuerdo es si fue en la misma ocasión o en otra que me dijo, porque lo oíamos en la sinfonola de la cantina: “ese Olimpo que canta es tu hermano pero yo no lo reconocí porque no quería tener hijos putos”.

Yo me llamo Alejandro Olimpo, debo aclarar; nombre que no es común y que no usé para reconocerme porque no me cabía en la cabeza que un nombre tan peculiar pudiera ser de nadie más que de mi papá. Para mí, Alejandro estaba bien y era bastante. Sin contar con que los roces de clase con que nos criaron le ponían al nombre de mi papá algo de vulgar, de indio, de moreno, de menor. ¡La Grecia disminuida en mi colonia!

El delgado estilete de la duda se me clavó desde entonces en ese acogedor lomo que es la memoria, que nunca se pudo jugar a muerte ninguna carta, ¡pobre!, y dejé pasar toda la vida gracias a las pocas molestias que en esa pulpa blanda y acomodaticia me causaba.

¡En mala hora! Porque hace dos años, que estuve en Ecuador, ya muerto Olimpo, ambos Olimpos, pude haber intentado saber algo. Pero en realidad lo que no quería era saber. Saber, ¿para qué? ¿Para juzgar? Yo no he querido saber nada del pasado de mi familia; siempre me he sentido el primero de mi dinastía y he tenido la sensación de que a partir de mí comienza un árbol genealógico cuya semilla cayó en cualquier campo inculto y que con su propia fronda y sacrificio va creando el limo en el que prosperarán otras generaciones, si es que algo prospera con el paso del tiempo.

La violenta expresión de mi papá no me impresionó más allá de la ternura pero el hecho es que no hice caso de la confidencia, me pareció puntada de borracho y francamente no me sonó a nada.

Han pasado los años, que siempre anuncian que lo que se ha quedado atrás no volverá, y estoy oyendo a Olimpo Cárdenas y pensando que ya todos estamos muertos: Olimpo Aura, Olimpo Cárdenas y Alejandro Olimpo, por más que yo sea remiso un soplo a lo irremediable. Pero no entraría a este juego especulativo, teniendo todavía el mínimo uso de la palabra, a pesar de la tremenda declaración de mi padre, si no estuviera viendo la fotografía de mi hermano Olimpo en el disco. Es el eslabón perfecto entre mi papá, el cretino de mi hermano mayor, mis hermanos menores y yo. La frente, los pómulos, la nariz, la complexión: somos el mismo. La tristeza en los ojos no sólo es suya, nos es común; no sé de qué generación nos venga pero la reconozco en todos los hijos de Olimpo. Y la boca: juro que ninguna mujer que me haya sido leal puede decir que es de otra estirpe.

Y lo oigo. Oigo cantar a Olimpo Cárdenas. Oigo su voz que podría ser la mía. Lo oigo con la devoción creciente con que siempre lo he oído, aunque le haya pagado con el tributo de mi abulia. Pero si mi papá me dijo que era mi hermano, y pasaron como veinte años antes de que se muriera (él, el cantante, mi hermano) y tiempo tuve de sobra para procurar la respuesta; ah.

Pobrecito de mi papá que declamaba con voz aguda y lacrimosa y pensaba que un cantante que no fuera barítono tenía que ser puto y me privó de la única herencia que le habría agradecido hasta el éxtasis, la de tener cerca a mi hermano Olimpo Cárdenas.

02 abril 2010

.. en el susurro de las jacarandas.




estalla su azul violáceo, se asoman acá y allá entre las ramas de los árboles sin flor, alfombran el suelo y el cielo, platean al atardecer cuando la ciudad se va apagando; crece mi asombro, crece, cierro los ojos para abarcarlas, nunca antes las vi florecer y susurran un recuerdo imposible: paseo bajo un túnel de jacarandas de la mano de Alejandro.


Quizá obtuve ese recuerdo de la lectura de “URBIS VS NATURA”:

Desde abajo, desde el pequeño jardín suben las frondas del izote, del ciruelo, de la higuera, de un eucalipto de redondas hojas tornasoladas, una jacaranda que en abril estalla y enloquece a todos los personajes que van saliendo de mi computadora y se enfrentan a ella como su primera imagen de la vida y van con ese plúmbago trauma por el mundo, y un piñón colosal que no me quieren podar por menos de quinientos pesos y que tiene ya varias ramazas secas.


Y yo sea uno de esos enloquecidos personajes.

16 diciembre 2009

.. en la Revista de la Universidad de México


En las páginas noventa y cuatro y noventa y cinco aparece un artículo de Ignacio Trejo Fuentes. Lo podéis leer y/o descargar pues está en .pdf en esta dirección:
Para recordar a Alejandro Aura

Yo, con el permiso del autor, le cambiaría el nombre por “Para leer a Alejandro Aura”. Me alegra especialmente por esa sensación que me acompaña, espero que sea neurosis sin fundamento, de que a Alejandro no se le lee, de que su dispersión en el mundo de la cultura mexicana, su polifacética personalidad, sus excelencias como cocinero y anfitrión eclipsaron al escritor, al poeta. Ahora que él no está deseo, tanto como él lo deseaba, que su prosa y su poesía estén presentes. E Ignacio Trejo aporta un rayo de sol:

“…los materiales de Cuentos y ultramarinos enamoran a quien los lee, por la nada sencilla razón de que están escritos con una mano en la inteligencia y la otra en el corazón. Y se nota en ellos, a leguas, la estirpe poética de Alejandro: su prosa está rigurosamente vigilada, y por momentos nos olvidamos de que es tal y nos dejamos arrastrar por un río incontenible de poesía, y es que el autor mide cada palabra, toda frase, y les da un ritmo terso y eficaz.”

Invita a la lectura de “Cuentos y ultramarinos”, y dan ganas de ir a comprarlo. Si no lo encuentran no se preocupen se está preparando la reedición pues parece que se agotó la primera.

Incluyo la maravillosa portada de Magali Lara, pues, por algún motivo que desconozco, no aparece en el artículo y sí las de otros libros de Alejandro.

09 noviembre 2009

.. en Querétaro: La Fábrica (II)


De las presentaciones de los libros acontecidas en octubre recuerdo muy gratos momentos.


El cuento "Por unos zapatos rojos de mujer" de "Cuentos y ultramarinos" lo escribió Alejandro para un concurso convocado por una firma de zapatos en España. Era un cuento especial para él, por eso ocupa el primer lugar. Después de leer y releer este libro, me di cuenta de la estrecha relación con: "Los baños de Celeste". Son dos caras de una moneda, maneja los mismos elementos: seducción, intriga, derrota, muerte, el cumplimiento del destino; pero han pasado más de treinta años por el hombre que protagoniza uno y otro cuento y eso da una vuelta de tuerca a la historia.

En Querétaro, Alonso Barrera llevó a la escena de La fábrica este cuento. Y voy a intentar contaros cómo:

  • La voz de Carlos Bracho en la oscuridad llenaba todos nuestros sentidos, mientras un haz de luz iluminaba con la intensidad de la historia esos zapatos rojos:

  • El silencio dio pasó a la música de danzón y apareció en escena la dueña de esos zapatos rojos que nos habían hipnotizado, caí rendida como el protagonista ante aquella danza:

Fernanda González en "Por unos zapatos rojos de mujer"


Quiero compartir ese danzón y el texto:

DANZÓN #2

Arturo Márquez

Versión orquesta Simón Bolivar, dirigida por Gustavo Dudamel:




POR UNOS ZAPATOS ROJOS DE MUJER

Alejandro Aura


Estoy en esta habitación desde que perdí completamente las fuerzas y quedé como queda un costal de papas, arrumbado e inmóvil, incapaz siquiera de acomodarme para evitar que ciertos músculos, que ya no siento, se me entumezcan y acaben atrofiándose del todo, aunque no tengo por qué pensar que no lo están ya sin remisión posible desde no sé cuándo… Ahí suenan otra vez, vuelvo a oírlos, para mi tormento, en el piso de arriba caminando de un lado para otro; si los conoceré… Pero saber desde hace cuánto tiempo estoy aquí es imposible, perdí la noción, junto con las fuerzas, y supongo que con la vista, porque ya todo es absolutamente negro, no puedo discernir si porque la habitación está completamente cerrada y a oscuras o porque es noche o por lo que más sospecho: que no volveré a ver la luz… Oigo esos pasos que me han arrebatado ya todo lo que alguna vez tuve de cordura y repiten su taconeo de un lado para otro, ahora lentos, ahora precipitados, sin que parezca haber un ritmo previamente establecido… Y supongo que como ya no tengo funciones vitales propiamente dichas, si acaso me late el corazón es en su fase mínima, última, antes de apagarse por completo en el olvido que será la solución definitiva para mí, el único bálsamo que espero… Ahora van rápido, como si estuviera precipitadamente buscando cualquier cosa en la habitación, de un lado para otro, y de pronto parece que se detuvieran frente a algo, quizás frente al espejo en el que ella se mira sin poderse imaginar el mal que ha hecho, aunque lo hizo como si fuera una manera natural de ser; parece que sus pies ya sólo tuvieran pequeños acomodos o imperceptibles movimientos nerviosos… Pero esto que padecí debe tener algún origen que está más allá de lo que imaginé en un principio, e incluso de lo que ella pudo suponer, cuando vi aquellos zapatos tan rojos que me pareció imposible que dentro de ellos estuvieran unos pies normales de mujer, y debo tratar de decirlo ahora, no ya para buscar algún conjuro impensable que me salvara de lo que no se pudo evitar sino al menos para que las palabras se ubiquen en el espacio de este cuarto y alguna vez, cuando me hayan sacado de aquí y haya otro huésped, cumplan su fantasmal designo de volver a sonar ante alguien que se pueda asombrar de lo que está escuchando… Allí, allí, allí están otra vez moviéndose con taconeo imprevisible, machacando mi sentido auditivo, que conservo como una maldición, y haciendo con cada golpe un agujero en la superficie de mi ánimo… Me dejé arrebatar, si es que así puede decirse cuando uno se refiere a un cataclismo, por el irresistible color y por la forma clásica y perfecta de unos zapatos rojos de tacón alto y puse en el tapete todas mis potencias, toda mi capacidad de juego, mi astucia de viejo seductor; mi resto, pues. Antes de ponderar la arquitectura sostenida por aquellos cimientos yo ya había entregado la plaza y rendido toda posibilidad de defensa… Así como ahora, que los estoy oyendo machacar el último aliento que de mi quedó, han estado desde que di mi brazo a torcer conociendo el riesgo; con esa misma pertinacia con que parecen estar moliendo las últimas semillas de mis despojos en el mortero del piso superior, aunque quizás sólo esté preparándose para salir a su trabajo, como todos los días… Y cuando me fui fijando de abajo hacia arriba en lo que venía, en lo que aquella malévola planta brutalmente roja producía como una construcción que proviniera toda de semejante base, me quedé alelado, decir que perdí el aliento es nada, puedo decir que perdí todos los alientos junto con todos los pulsos y todo latido posible, ante las palpitaciones más intensas y definitivas que llegué a imaginar jamás que se podrían sentir, el preámbulo de la trombosis, el estallido del aneurisma, la voz del síncope en mi oído. Me puse en el lugar de ese calzado en un esfuerzo sobrehumano, con tal de poder apreciar la magnitud excelsa de aquella construcción catedralicia, de poder atisbar desde la altura de un zapato lo que hay en la persona humana, si es que humana puede llamarse esa criatura y no ficción divina o cualquier otro tropo del lenguaje que la defina como intangible y celeste, tal como será ya siempre para mí. Yo no tuve recato, cuando oí los golpeteos de aquellos tacones en el piso y bajando la escalera, en ponerme al nivel de sus plantas como un creyente que se prosterna ante su divinidad para adorarla. Vamos, la trabajé, le pedí permiso, la convencí, la seduje si es que se pueden trastocar a tal grado los términos y la bala decir que arrojó hacia atrás al rifle o el horizonte presumir de que lanzó al sol al otro lado. Y el altar, el ara magnífica en donde comencé mi devoción, cuando por fin ella aceptó entrar a este cuarto, luego de muchos remilgos que vencí sin detenerme en nada, fueron esas naves de una piel más roja que la sangre manchando una blanca tela de seda, como la grana brutalmente masacrada sobre la nívea piel de una princesa, en las que bogaba segura de sí misma la diosa que me ha destrozado; yo en el piso, sí, con su permiso y entre risas, pero lo más terrible de todo era que trataba yo desesperadamente de alejar de mí la idea de que al fin y al cabo se trataba sólo de unos zapatos de fabricación humana, de unas piezas que poco a poco se fueron haciendo en un taller en el que las manos de alguien se aplicaron a cortar, pegar, clavar, coser, hormar, ensamblar materiales para fabricar lo que acabó siendo no digo que un par de zapatos sino el pedestal mágico sobre el que se asentó mi destrucción, el aniquilamiento por el que llegué sin remedio a este estado de postración total y última. Ah, ¿en qué fragua demoníaca se cocieron las sustancias alquímicas que dieron por resultado el tinte con que un esbirro del amo de las tinieblas coloró la piel curtida con que se fabricaron estos encendidos instrumentos de tortura con el capillo ligeramente abombado? ¿Por qué tuvieron que ser hechos de ese tono de rojo precisamente, habiendo tantos matices y tantos accidentes que pueden alterar el resultado final de una coloración cualquiera? ¿Por qué de ese rojo brutal que me obnubiló completamente en cuanto lo vi contrastar con la blancura de su pie y la marmórea perfección de aquella pantorrilla y me hizo perder los estribos de la conciencia, la sensatez, el instinto de conservación, cuando comprendí que ese color era exactamente el color rojo con que se coloró la pasión en el momento en que fue inventada y puse allí mis labios una y otra vez? Y lo peor fue que ella aceptó la inusualidad de mi pedimento, no sé si por curiosidad, por perversión infantil o porque se imaginaba que se trataría sólo de un juego del que saldríamos los dos con las mejillas encendidas y las cabelleras descompuestas. Ya sé que con esto terminan todas mis desdichas, pero qué diera por poder evocar a plenitud, incluida la del máximo gozo, el momento en que la vi completamente arriba de mí, con el pie sobre mi cara, cuando aceptó muriéndose de risa por mis rarezas, poner la punta del pie en mi frente y el tacón justamente en mi boca oficiando de embudo por el que se destiló todo el elíxir que provocó mi postración definitiva. Yo iba sin ningún titubeo al cumplimiento de mi destino desde el momento en que vi primero aquellos zapatos y cuando pude trabajosamente desprender de ellos la mirada y elevarla, la vi a ella, pero no de golpe, no como se ve a una persona frente a uno, sino en un lentísimo recorrido desde los pies hacia arriba hasta encontrarme con su cara sonriente y pícara que me dijo, ¿te gustan?, me hacen juego ¿verdad? mirando con malicia los rojos botoncillos de sus pechos. Y no puedo decir que mi asombro fuera menor al de Boticelli en el momento de vislumbrar a Venus saliendo de la blanca espuma sólo para que él, el maestro, la pintara. Seguramente pensó que me quedé dormido y caminando sobre las puntas de los pies se fue cerrando la puerta con cuidado de no hacer ruido, pero yo, sin poder moverme desde ese momento, vi flotar los tacones en una última visión perturbadora antes de que todo se volviera negro y comprendí que ya no podría recuperarme, que había disfrutado lo más que está permitido a los seres humanos y que tenía que comenzar a pagarlo; lo que nunca pensé es que seguiría oyendo, no sé si por los siglos de los siglos, el taconeo de esos zapatos rojos de mujer en el piso de arriba…

28 mayo 2009

.. en Casa de América (IV)



Se leyó el cuento "Los baños de Celeste":

Le puso voz Marcelo Galván:




Estas son las tres portadas de las ediciones que tenemos en casa de ese premiado cuento que ahora está integrado en "Cuentos y ultramarinos":

24 mayo 2009

.. en Casa de América (III)

Para la presentación de "Cuentos y ultramarinos" Miguel Marinas escribió un texto que tiene la esencia de este libro:



Así lo leyó:


Y aquí va el texto:

Equipales por panóptico.
Miguel Marinas

Milagros Revenga (yo) me cambió equipales por panóptico: ella me dijo equipales y yo a ella panóptico. Eran palabras que el otro no recordaba. El trueque selló el encargo de este comentario, mientras me desveló también el sentido de las torres cuatas de la canción “Ya vamos llegando a Pénjamo”, que tan decisiva fue en nuestra relación con el autor de estos relatos Alejandro Aura.

Los equipales (que no me venía a mí el nombre) son los muebles, el juego de muebles casi rústicos, de las casas mexicanas (aunque estén en Madrid): son un equipo de muebles, tienen valor de ofrenda, sabor de rito pero tienen sobre todo el confort como efecto final. El panóptico por el que preguntaba Milagros es ver desde el centro la dispersión de las salas, los seres, las horas. Verlo todo.

Quisiera contar estas aventuras textuales como quien narra las más bellas historias del celuloide. Siento que debiera hacerlo así. Como contar películas que se han visto con contención emocionada y se narran de manera desbocada, sin freno, agolpándose las palabras, quitándose unos a otros la hebra del discurso, porque se asiente, se ríe, se dice, “que jodido, cómo lo supo decir de bien” o “mira este pasaje” o “por qué titula de esta manera”. Porque así se lee inevitablemente un libro cuya mano escritora, por desgracia, ya no choca la nuestra: como un camino cumplido.

........................(cont. en "Leer más").......................

Pero nunca un camino a la intemperie. Más bien es el pasillo tapizado de todas las mercaderías, el que une el mostrador lleno de pimentón y latas de morrones y la trastienda donde sestean los garbanzos, la lenteja francesilla y la mojama reluciente.

Este recuelo de cuentos brillantes y variadísimos – y lo primero que discutimos en el filandón de los comentarios es si son cuentos todos o relatos cortos o exclamaciones largas, en fin – esta sarta de cartas de náufrago sin fechas que Alejandro fue destilando, acrisolando y que ató con raro y divertido título de cuentos no ultramarinos sino “cuentos y ultramarinos”.

Como si fueran aquellos víveres o abarrotes que traían de América y surtían efecto en la vida cotidiana de aquí: eso eran los ultramarinos (y coloniales se añadía a veces en el rótulo: qué vana presunción la de las colonias). Chocolates, aceites, harinas, pero también cacao, canela en rama, botellitas de ron, todo lo vendible todo lo apetecible: esa es la variada abundancia de estos relatos, la de una floreciente y densa tienda de abarrotes.

El tiempo de los libros es frágil. Pero en papel o de memoria ofrecen escenarios para entrar y vivir. Para ingresar en ellos y plantear la vida. Como en las mónadas de Leibniz o como en las coplas flamencas que se engendran con una idea, una línea y quedan como el hortus conclusus, como cuerpos vivientes, como escenarios que remedan lo que hay y lo incrementan. Es como la capa de realidad que toca cada línea del blog de Alejandro: quien escribe sabe lo que se está jugando y sabe que la escena tendrá telón final, pero la cumple, la escribe con la omnímoda libertad de lo finito, y la gracia de ese gesto se convierte en la sal de la vida, de la muerte, con vistas a la cual se prueba sí se ama o no la vida.

LEO DEL BLOG:
"El frasquito de los caramelos, el estuche vacío, las muñequitas del rastro, la pluma sin depósito, el papel que era tan bonito, el plato que algún día usaríamos para algo...Cada cosa es un pliego de memorias enrollado y no habrá biblioteca de Alejandría que los recopile

Ángeles dice que Alejandro se deja sensualmente llevar: que deja que surja la sensualidad de los objetos y aquí está el mejor cuentista. Son relatos de ocurrencia, aunque a veces se demora. Es la capacidad de arrastre, la morosidad y a la vez la ligereza de las palabras suaves.

Recuerdo a Alejandro cocinando. Rodeado de cientos de especias, carnitas, sangritas, almitas. Me refiero al "chinga, chinga que bueno" dicho del mezcal que venía por redoma o cuévano diplomático traído a veces por un legendario profesor oriental: a quien se le hace poca justicia llamándole "Chino" porque ha sido turco en huertas, argelino en el prado, azerbaijano en Antón Martín y, maître en Canillejas y,
en general, mago para los desheredados, objeto de inquina para una difunta patrona potosina, objeto de deseo y amor para una heroína de San Luis que predica la psicotrópica religión de Xilitla, voz y bálsamo para las almas apenadas, libación para los labios dispuestos (aunque escondidos) y, en general es, Fer con tres.

Recuerdo a Alejandro cocinando, pronunciando la palabra "romeritos" ante una matita, de un puñado de verdor carnoso, nada que ver con el secarral sique bien perfumado de nuestro romero.
Y esa disposición abigarrada, pantagruélica, de masas, tortillas, fajitas, ajíes, carnes mechadas, el encendido de los jitomates se componía al pronunciar la palabra mágica: son los romeritos. Así se enhebran los cuentos y ultramarinos. Abundancia, dispersión, pero, de pronto, ensalmo que todo lo compone. Palabra acariciada
porque viene a la mano, se sopesa, y ajusta en el vano del muro, en un intersticio, y lo completa.

La lengua de Alejandro – porque en eso habíamos quedado: que están escritos: lengua mexicana, pero en idiolecto alejandrino - es como la lengua de las mariposas: sobre la cuna, el cauce del texto, la espiritrompa repasa los artejos, las muescas, la espuma de los días. Velando con tanta brizna, tanto apero, tanta acumulación, ese hueco. Ese vacío central que él mismo, sabedor, no se detiene a contemplar. Se afana, por ello, en ese acumular arenas, hojillas, pétalos, cantos rodados de un tamaño entre índice y pulgar, como si compusiera un simulacro, en que lo más importante es dejar lo hecho, moverse hacia otra parte, ir a ver la olla de los frijoles, no ser grave ni solemne.

Es una escritura feliz, que dijo Barthes de Voltaire: el último de los escritores felices. "El que lleva las cédulas al cielo" es un ejemplo del gozo de escribir: “andandillo andandillo se encuentran cosas”, Alejandro halla el pubis en el ceremonial latino “pulvis eris” y su eco sexual. Así se encuentran cosas en este itinerario de relatos: "Los baños de Celeste" el simbolismo, la muerte, el asesinato sonado, la sarta de los vampiros que pululan por todo México, la "Canción de amor", donde cobra vida una voz, la voz, la mujer carnal, "Mi hermana Lola, mi hermanita" esos relajientos y morbosos que no salen de la cama, el "Tratado de novias", “Urbis versus natura".

Es un despliegue enorme, una disposición de experiencias de transmutación, de simulacro de una identidad, de muchas identidades, tantas como narradores hay. Y ahí está el placer supremo: ser otro, muchas veces, y volver a lo que uno era, que ya lo vamos cambiando a fuerza de salir de viaje al paraíso de los cuentos que inventamos.
Son varios tipos de relatos que ahora caigo no están fechados porque se echó el cierre, lo que los estudiosos llaman la clausura del discurso: el tiempo cerrado, todo a disposición como en ese escaparate en la tienda de ultramarinos de la plaza de Matute. Y están todos disponibles a la vez como en un panóptico. Otra vez la palabra: ya sabía yo que al comienzo parecía gratuito pero que devendría necesario. Este panóptico que organiza el desorden aparente de los equipales.

Así se disponen las claves de lectura: como en un conjunto de muebles equipales. Que son de uno. Comienzan los relatos en primera persona y a partir de anécdotas. Y tal vez aquí vemos la clave del modo de narrar. Es un narrador que hace preguntas, un narrador que relata con los objetos, que se esfuerza en ser agradable, que estira todo lo que hay sobre el colorido de la vida.

Tal vez no gustan por igual los títulos Pero no importa demasiado porque estos ya tienen vida propia: Por unos zapatos rojos, Un incendio en Madrid (aparece Jéssica), Perro perdido, Ribera de Santa María y la reflexión del tiempo.

Quedamos en que tienen una gran carga lírica – ¡cómo iba a descargarse de ella si era un poeta! – pero lo interesante es qué queremos decir cuando decimos “carga lírica”: es la capacidad de ver el mundo con la sorpresa de que, pareciéndolo, no está, en cambio, concluido. Como ya dijo Joaquín el texto del caracol va de lo cotidiano a lo mágico, a lo sublime: de la experiencia a otra esfera sin dejar de decir yo. El diario de viaje, los textos de los paseos, tal vez gusten menos porque ahora vemos que el viaje ya esta hecho: el espacio y el tiempo ya no corren peligro.

Quedaría por hablar de los microrrelatos. Que, si bien se mira, son la quintaesencia: de la escritura de Alejandro en este libro. Uno de ellos dice “Estoy borracho les decía y soy buen gallo, cuando una bala atravesó mi corazón. Desde entonces no sé cómo vivir”.

Así se hace un relato: se toma una literatura hecha, popular, cantada, y se le da un giro, una vuelta delicada que queda retumbando como un trueno. Como dice Arantxa, es la literatura como caricia. Como elegir un sabor y producirlo. Como Alejandro decía que así vive su amigo el Chino: eligiendo un modo de colocar la voz en una nota, de hacer un glissando, apostando por un vibrato imperceptible, producido con primor, con mimo. Como en el cuento del viaje al sur con la niña María, delicadeza con una niña...y acaso la lección, la teoría poética central: “Recuerda, María, que el alimento del amor esta siempre en el recuerdo”. Esa escritura que Cristina Santamarina ha llamado incesante, insaciable. Tenaz y delicada a la vez.

Pues así se aprende el revés de las palabras: esa enseñanza que queda sin melancolía de los cuentos del desaparecido tan presente. Descubriendo, como Milagros me enseñó, que en la letra de Pénjamo, las torres cuatas que brillan al sol como dos alcayatas no son torres albarranas sino postes del tendido eléctrico: “así brilla cualquiera no te digo”. Pero la magia ya esta hecha. Y no se pierde jamás.


Todo lo que pasó en .. en Casa de América ..

17 mayo 2009

.. en Casa de América (I)

Última llamada y un aviso:

Será ya este miércoles, a las ocho de la tarde. Finalmente no pudo venir desde México María Cortina, y ocupará su lugar Julio Trujillo.
Dice el pronóstico del tiempo que hará calor ese día en Madrid, espero que la calidez del acto aumente unos grados las previsiones.





Alejandro Aura expresó en un poema que escribió a los treinta años de edad que sus cenizas “se volvieran calle, o plaza, o edificio” de la Ciudad de México. Su voluntad se cumplió el 7 de marzo en el D.F.
Este será un acto espejo: Se proyectará un vídeo de aquel momento: Alejandro Aura para siempre en Coyoacán y los dos libros que ese día salieron a la luz; Cuentos y ultramarinos último compendio que el autor realizó y El aura de Alejandro, textos del blog que escribió en los últimos meses de su vida, seleccionados por Milagros Revenga.
La voz mexicana de Marcelo Galván dará vida a la prosa de Alejandro y, para finalizar, Fernando del Castillo cantará acompañado por Toya Arechabala a la guitarra.

06 mayo 2009

.. en sus Cuentos y ultramarinos

Ayer fue uno de esos días que llamo largos, porque requieren de toda mi atención y porque se adentran en la noche confundiéndose con ella. Invité a la tertulia literaria con la que comparto lecturas desde hace ya quince años “90lagartos”, y también a Cristina y a Miguel. El libro cuya lectura íbamos a compartir era “Cuentos y Ultramarinos” de Alejandro. Todo el día lo dediqué a elaborar el texto que iba a exponer, y un ratito a asegurarme de que la casa estaba lista para acoger a los doce o trece que íbamos a juntarnos. Se platicó enriquecedoramente durante dos horas y luego festejamos el encuentro hasta la una de la madrugada, con ¡las ventanas abiertas! pues el día estaba veraniego, maravilloso.

Ahí estaba Alejandro, presente en su último libro de cuentos, donde se oye su voz, dijeron varios de los contertulios.

Os quiero recordar que el libro se puede comprar en México, en España estará a la venta solo el día 20 de mayo a las 20h cuando se presente en Casa de América.

Este es el texto que escribí:

Una lectura realizada por Milagros o como poner orden a estos cuentos.

Los ultramarinos eran las tiendas que estaban en una esquina del barrio, a la que nuestra madre nos mandaba para comprar aquello que de repente faltaba en casa. Todo lo podías encontrar, todo. Decenas de estantes en los que los productos más variados permanecían en un perfecto acomodo.

Alejandro me pidió el año pasado que le ayudara a armar este libro de cuentos, cuentos que había escrito a lo largo de su vida, unos publicados, otros inéditos. Tenía muy claro qué cuentos publicar, así que en la selección apenas intervine, pero él no tenía idea de como acomodarlos. Me tocó a mí esa tarea y dos cosas estaban en mi cabeza: lo que había aprendido en la Escuela de Letras, que un libro de cuentos tiene un orden interno, un hilo conductor, una sustancia que lo amalgama y, la otra, el orden casi militar de una tienda de ultramarinos.

Pero lo que Alejandro me puso sobre la mesa eran las piezas más diversas que pudieran imaginarse; trapecios, esferas, rombos, pirámides, cilindros; de una amplia gama de colores rojas, verdes, blancas, negras, naranjas; de densidades distintas, muy distintas blandas, duras, rígidas, maleables, densas; y de formas diferentes agudas, romas, pequeñas, grandes, cortas, largas, breves, extensas. Me pareció casi imposible poner orden a todo aquel caótico material. Ni se me pasó por la cabeza un orden cronológico, Alejandro jamás fechaba sus escritos.

Las sucesivas lecturas hicieron aparecer las similitudes temáticas: historias de viajes, de deseo, del paso de lo cotidiano a lo extraordinario, de la familia, monólogos, metaliteratura, crónicas, etc, así los fui colocando en la estantería de mi pequeño ultramarinos y Alejandro quedó contento.

Aunque ahora, leído y releído, con su uniforme forma de libro, pide a gritos que lo desordenen, abrir por el índice y dejarse llevar por la sugerencia del título, por la extensión del cuento, por el azar que marca el número de la página.

O propondría un nuevo orden; primero el cuento El caracol. Crónica de un comerciante, después dejaría que el azar estableciera la posición de los cuentos intermedios y cerraría con uno de los brevísimos titulado Mascota: Lo malo de este reloj que tengo ahora es que consume demasiado rápido las horas que le pongo.
Esos dos cuentos tratan del tiempo, del disfrute de la observación y, por tanto, del ritmo de la lectura. No se ven los mismos detalles en un paisaje cuando viajas en un tren de alta velocidad que cuando se trata de un regional. En este caso, se pueden leer los nombres de los pueblos, sentir el aleteo de los pájaros, ver como las vacas te miran, responder a las manos que saludan, asomarte un instante a una ventana en la lejanía y que esa visión permanezca en tu memoria.

Y así es la literatura de Alejandro, como viajar en un tren muy lento, y poderse detener en una historia de pasión y muerte, en una propuesta poética para cambiar el mundo, en el sentimiento que un paraguas le producía, en la denuncia de lo sucedido en un barco en alta mar, en los efectos de la quimioterapia sobre su cuerpo. Todo con un denominador común, una prosa magistral, sonora, envolvente, que tanto más se disfruta cuanto más se paladea.

Si ahora me hicieran esa tópica pregunta de ¿qué libro te llevarías a una isla desierta?, sin ninguna duda respondería Cuentos y ultramarinos, porque es infinito como un poema y porque en él está Alejandro.


Y que leí:

13 abril 2009

.. en el cuento “Perro perdido”



Se le ocurrió a Arantza que leyéramos uno de los cuentos de Alejandro publicados en “Cuentos y ultramarinos”, y que platicáramos en la sobremesa. Elegí “Perro perdido” porque sentí que abarcaba todas las edades de los comensales.
Para mí es emocionante conocer lo que otros sienten al leer los cuentos de Alejandro.
De todo lo que se dijo dejo constancia del poema que al Tule, alumno de la Escuela del Rock a la Palabra, le provocó el cuento:


Pésima Perruna

El perro es el que acompleta
Un lugar y un sentimiento
Más que un ladrido en el viento
O el dueño de la banqueta.
Del jardín único poeta
Que tan sólo observa y calla
Discreto como morralla
Que sueña en aquel bolsillo
Cual príncipe de castillo
Queriendo saltar la valla.



Firmado:

Y el cuento aquí va:

PERRO PERDIDO

a Fernando Boullosa

Un señor pierde su perro. Está bien, cualquier señor cualquier día pierde su perro. Hay muchos señores que pierden su perro. O no. Pero éste es un señor que pierde su perro un día. Como cualquiera, digamos. Por decir algo: pierde su perro por angas o por mangas. Lo pierde porque se sale a la calle y entonces ya deja de tener perro porque los perros se pierden. No es que los perros se pierdan de por sí, porque tienen un olfato y unas patas que los guían, pero digamos que los perros se pierden cuando el olfato o las patas dejan de guiarlos. O cuando se pierden. Hay perros que se pierden.
Por decir algo: deja de estar en la casa. Y entonces el perro se da por perdido. Pero como es el perro de la casa su pérdida acarrea dolor. Trae una sensación como de que el perro se ha perdido; el que hacía tales y tales cosas, el que lo recibía a uno, el que ladraba, el que babeaba de tal modo. En fin, el perro. Pero deja de estar en la casa en cuanto se pierde, en cuanto uno se da cuenta de que no está. ¿Y el perro? No, pues se perdió. Cómo que se perdió. Sí, pues no está. Pero cómo que no está. No, no está. Se perdió.
Sin perro no se puede estar. O bueno, no se puede estar bien sin ese perro. Porque es el perro de la casa y se ha perdido. Cada uno de los de la casa tiene una idea del perro. Lo trata de alguna manera, lo quiere, le estorba. Y ya no hay perro que tratar ni perro que querer ni perro que le estorbe a uno. Ni perro que le ladre. Es que el perro se ha perdido. Algunas veces, sin embargo, los perros se pierden. Digamos que los perros tienen esa característica. Además de que uno los quiere, le estorban o los trata, los perros se pierden.
Y si el perro se pierde ya no hay perro. Hay muchos otros perros, pero ya no hay perro. Y muchos otros perros no son ningún perro. De modo que si el perro se pierde deja de haber perro. Oh, bueno, qué importan todos los perros. Importa el perro y si el perro se va... o, como decir, si el perro se pierde, queda un hueco. El hueco que el perro ocupaba. O no, no el hueco sino el lugar, el espacio, el tiempo que el perro ocupaba. El espacio, el tiempo, el lugarcito que el perro ocupaba.
Un señor ha perdido su perro. Por angas o por mangas ese señor está ya sin su perro. Pero no es ese señor solo, sino su mujer, sus hijos y su casa. O sea que todos han perdido su perro. Claro que el señor siente que ha perdido su perro, pero cada uno de los demás de la casa siente que ha perdido su perro. Y la casa misma siente que ha perdido su perro. Es decir, siente que ya no está. Punto.
Cada uno de los hijos siente, por su parte, que ha perdido su perro. Y la señora siente también, a su modo, que ha perdido su perro. No sólo el señor ha perdido su perro sino que el perro de todos se ha perdido. Y el perro de la casa, en general, se ha perdido.
Pero, cómo que se ha perdido. Pues sí, ya no está. Estaba la puerta abierta y el perro se fue. O alguien se lo llevó, o lo que sea pero el caso es que el perro ya no está y antes sí. Estaba allí, como un perro. Naturalmente. Como cualquier perro de cualquier casa. Su quehacer era estar allí y ladrar, dar con la cola, comerse todo lo que le quedaba cerca del hocico, hacerse el notorio, hacerse el disimulado. En fin: un perro. Pero ya no está. Se perdió el perro de todos, el perro de la casa.
Y la casa está idéntica, en el mismo lugar, con la misma gente, con las paredes del mismo alto, pero sin perro.
Carajo, no está el perro, dónde está, quién dejó la puerta abierta, qué no ven que se pudo haber salido. Y no está acostumbrado a andar solo por la calle. Dónde está el perro. Demonios, dónde está el perro. Quién carajos dejó la puerta abierta.
El caso es que el perro ya no está. Y el señor piensa, siente, que ha perdido su perro. Y cada uno de los demás que viven en la casa siente, sabe, que ha perdido su perro. El perro que tenían entre todos. El que era el perro de la casa. No su íntimo perro, sino su perro. El perro de cada uno de los de la casa. Qué lata.
¿Se pierden los perros? ¿Los perros son para perderse? A ver, veamos: el perro se salió. Estaba abierta la puerta. Si se salió se pudo haber perdido, o se pudo haber ido a alguna otra casa, o a alguna parte. Vamos a ver si se metió en alguna casa. Vamos a ver si anda por ahí. Si no, va a volver cuando le dé hambre. Lo mejor que le puede ocurrir a un perro perdido es que le dé hambre y vuelva a donde come. Ya está, no hay por qué preocuparse: cuando le dé hambre va a volver.
Chst, chst, chst, perro. Todos los que perdieron al perro van por las calles aledañas chistándole al perro. Al cabo va a volver. En cuanto le dé hambre va a volver. Chst, chst, perro, perrito. La casa es la única que no le puede chistar, pero está allí, sólida, es¬perando al perro. Espera y espera. Al cabo va a volver. Pero no vuelve.
Es decir, que el señor ha perdido su perro y su mujer del señor ha perdido su perro, y por consiguiente, sus hijos también perdieron su perro. No se diga la casa, que, aunque no diga, está desconcertada sin el perro. Porque todo está igual, no pasa nada, sólo que falta el perro. Es decir, que un señor ha perdido su perro. ¡Puta madre, tan buen perro!
Habiendo tantos perros, es lo de menos perder uno, piensa el señor, pero no se conforma. Sí es cierto que hay muchos perros, pero un perro es un perro. No es como un hijo: es un perro. Pero cómo se salió, quién dejó abierta la puerta, carajo, ¿qué no ven que se pudo haber salido el perro?
Pero un perro solo bien puede ir por las calles. Sortear los coches, hasta cierto punto. Digamos que hasta donde los coches pueden ser sorteados por un perro que no está acostumbrado a andar solo por las calles. O sí, aunque esté acostumbrado, hasta cierto punto. Es decir, que bien pudo haber sido atropellado por un coche en cualquier calle. Todos piensan, aunque no lo digan, que bien pudo ser atropellado por algún coche en alguna calle. Como decir: entonces el perro de la casa ya no va a volver, porque si ha sido atropellado por un coche, lo más seguro es que ya no vaya a volver. Ni siquiera rengo. Cualquiera piensa (señora, hijos, señor, casa) que bien puede no volver ya nunca si algo tan horrible le ha pasado. Y ese accidente les pasa con frecuencia a los perros en la calle. No es cosa del otro mundo. Lo pudo haber sido golpe muerto apachurrado tripas atropellado un coche y sanseacabó. Entonces no va a volver. Si le ha ocurrido un accidente.
Chst, chst, perro, perrito nuestro, perro. Bueno, puede no volver y entonces ya. Pero no es un perro que uno diga, bueno, si no vuelve, que no vuelva y ya. Porque no es un perro chico. El perro que se perdió del señor es un gran perro. Es decir, es un perro grande. Y es, además, el perro. Grande o chico, es el perro. Atropellado o perdido, o metido en cualquier otra casa, es el perro de uno y uno no tiene por qué aceptar que se le pierda su perro. Así nomás. Porque alguien dejó la puerta abierta, a lo baboso. Pero qué descuido, carajo, quién dejó la puerta abierta. ¿Y no vieron si alguien se lo llevó? Estaba tan grande y era tan buen perro que alguien se lo pudo haber llevado.
Aunque pasen días y días, uno piensa siempre que el perro va a volver. En cuanto le dé hambre. Sin embargo el argumento va perdiendo brillo. Ya le debe haber dado hambre y no ha vuelto. Demonio de perro. No ha vuelto. Ni aunque le haya dado ya hambre. A lo mejor lo atropelló un coche.
Cada quién ha de pensar algo parecido, pero nadie habla de eso. A lo mejor lo atropelló un coche, porque no sabía andar solo por la calle. Pero quién va a hablar de eso. El perro es un perro grande, bonito, fino; no muy educado, pero fino. Y grande, como para que cualquier coche que quisiera atropellarlo lo viera a tiempo de enfrenar. A menos que quisiera atropellarlo. Pero quién va a querer atropellar a un perro tan fino. No, en cuanto le dé hambre va a volver. Pero ya le debe haber dado hambre muchas veces. ¿Qué hace un perro fino cuando —y grande— le da hambre muchas veces? Volver. Hace volver. Pero no ha vuelto.
A lo mejor un señor de un coche que lo iba a atropellar y no quiso, se detuvo, se bajó del coche, sacó un mecate y trató —¡coño, qué perro tan grande, y tan fino!— de meterlo a su coche para llevárselo a su casa. Aunque fuera el perro de otra casa. A veces algunos ambicionan los perros de otras casas. Y más si el perro se salió de la casa, que está demudada, porque estaba la puerta abierta, y el señor estaba a punto de atropellarlo. Y claro que el señor del coche no sabe de dónde es ese perro. Ni sabe que un señor ha perdido su perro. Y no sólo un señor sino una señora y unos hijos, más la casa, que también lo ha perdido. Y trata de meterlo a su coche pero el perro se resiste, no le gusta el mecate. O no le gusta el señor. O no le gusta el coche. O el olor. Porque los perros se fijan en eso. El olor hace que el perro vuelva. Si es que vuelve. El olor y las patas, pues. El olor hace al perro.
Y en eso va pasando otro señor en otro coche que no tiene ni siquiera la intención, ni la posibilidad, de atropellar al perro, porque un señor de un coche lo está jalando con un mecate para meterlo en su coche. Oiga, señor, por qué jala a ese perro.
Pero este nuevo señor no es el del perro. Él no ha perdido ningún perro. O no ahora. Sino que le gustan los perros y siente algo raro. Cómo que lo está jalando con un mecate para meterlo en su coche. No ha de ser su perro. Porque si fuera, no tendría que jalarlo. Oiga, señor, por qué jala a ese perro. No es que le importe, sino que es un perro grande y fino al que un señor de un coche está jalando con un mecate para meterlo en su vehículo. Y el perro sí sabe que ese señor no es el señor de ese perro, ni trae a la señora ni a los niños, ya no digamos la casa de ese perro. Entonces, por qué lo jala con un mecate. Oiga, señor, por qué jala a ese perro grande y fi...
El señor del coche que no atropelló al perro pero lo está jalando con un mecate se sube a su coche y se va. Carajo, no debe haber sido su dueño, piensa el nuevo señor del otro coche. Qué dilema. Chst, chst, perrito, le dice, o le diría, o le habrá dicho, ve tú a saber, y el perro que ya perdió a su dueño y su casa y la señora y los niños y la perra memoria con el susto, se sube al coche del otro señor recién aparecido. Demonios, qué perros éstos. Y se va con el señor del otro coche. Qué predicamento. Los perros no tienen buena memoria. O, digamos, en ciertas circunstancias no les importa la memoria. O, lo que importa, en el caso de los perros perdidos, no es la memoria.
El caso es que el perro que perdió un señor (y, claro, una señora, unos niños, un plato, un jardín, una casa), acaba de subirse al coche de otro señor que no es el suyo y que tampoco tuvo la posibilidad de atropellarlo. Qué enredo.
Mientras tanto el señor, la señora y los niños y la casa y el plato que perdieron un perro están inconsolables. Por qué no usan teléfono los perros, coño. Cómo no pueden decir dónde andan si se pierden. Para qué se salen de la casa los perros de uno si no tienen recursos para decir de dónde son. Qué lata. El perro no aparece. Siquiera le hubiéramos puesto una medalla con sus datos. De modo que fuera un perro con una medalla de identificación. Hay perros así. Cómo, si abrimos la puerta, no le hemos puesto nunca una medalla de identificación al perro. Qué torpeza. Una medalla con la dirección y el teléfono. Y su nombre. Para que si se quedan con él sepan cómo se llama y no le anden diciendo chst, chst, perro, perro.
Pero el caso es que un señor ha perdido su perro. Y eso es lo que no está bien. No está bien que un señor pierda su perro. Por ningún motivo está bien. Siendo grande y fino, no está bien que ya no ladre, ni menee la cola así, ni enlode la ropa con la pata, ni lama la mano ni haga todas sus lecciones de perro. Carajo, dónde andará.
O adivinar si un señor que va pasando por una calle con su coche ve que otro señor, que está afuera de su coche, está tratando de meter un perro grande y fino en su coche con un mecate, le dice, oiga, señor, por qué jala a ese perro, y el señor del coche deslegitimado en ese instante, se sube a su vehículo y se va como si fuera un ladrón dejando al perro desamparado y asustado. Y jaloneado. Porque hay perros que no están acostumbrados a andar solos por la calle y cualquiera que les diga chst, chst, perrito, se los puede llevar. Siempre que no quieran jalarlos con un mecate.
Por lo tanto, el señor que no quiso, ni hubiera podido, atropellarlo, sino que le gustan los perros, le dice chst, chst, perrito, y el perro del señor que perdió su perro se sube al coche de otro señor que ni ha perdido su perro ni quería atropellar a ninguno ni sabe cuál es el señor, la señora, los niños, la casa y el plato que han perdido un perro. Qué odisea.
Pero veamos: en una casa hay un señor al que le gustan los perros. Como hay muchos señores a los que les gustan los perros. No tiene nada de particular. Es un señor. Pero resulta que ese señor en particular se ha encontrado un perro. Cómo que te encontraste un perro. Pues sí, me encontré este perro. Se ve que es fino y es grande y es muy bonito. Ha de haber sido de alguien que lo perdió, porque éste es un perro fino. Alguien lo ha de haber perdido porque un señor de un coche que, por fortuna, no lo atropelló, lo estaba jalando con un mecate. Por qué jala usted al perro con un mecate, le iba a decir, pero el señor se subió a su coche y se fue y entonces el señor tiene ahora dos perros. Bueno, ahora tiene un perro y una perra, porque resulta que le encontró un perro al que otro señor de otro coche estaba jalando con un mecate y le dijo chst, chst, perro, perrito, perrito, y el perro se subió a su coche y se lo ha traído a su casa. Qué gusto pero qué contrariedad porque ahora tiene un perro y una perra, más una señora, unos hijos, una casa y un recipiente para darles de comer a dos perros. Uno que ya tenía, o más bien, una, y el que se encontró. Dos perros. Una casa con dos perros grandes y finos.
Cómo que te lo encontraste si es muy fino. Y muy grande. Sí, me lo encontré. Es como decir: estaba tirado y lo recogí y como no tenía dueño me lo traje a la casa. Quién será su dueño. Ha de tener un dueño. Ha de ser de algún señor que ha perdido su perro. Y a lo mejor el señor del perro tiene hijos y señora y casa, y ahora no tienen perro que les ladre. A lo mejor han perdido su perro. Qué contrariedad. Hay gente que pierde su perro. Por eso nunca hay que dejar la puerta abierta. Porque se salen y no pueden hablar por teléfono para decir estoy en tal o tal lugar, vengan por mí. Se pierden y ya: se perdieron. Uh, pues está muy grande y es muy fino. Y parece muy dócil, porque el señor nada más le dijo chst, chst, chiquito, y el perro se subió a su coche y por eso se lo trajo a su casa. Porque a dónde lo iba a llevar si los perros no dicen dónde viven y no dicen que un señor los perdió.
Lo de menos es que el perro se quede en la casa porque es de la misma raza que la perra de la casa y cuando la perra necesite reproducirse ya tiene perro que la ayude. Y qué perro. Un perro fino y dócil. Qué dócil es y qué fino. Y qué bonito. Se va a llamar Smith, porque es muy fino. No, mejor Maurice porque se ve que es un perro fino. Mejor hay que llamarlo Lobo. Chst, chst, Lobo, Lobo, ven. Pero el perro del señor que había perdido su perro no entiende ese nombre y no va. Chst. chst, Maurice, Maurice. Y no va. Smith, Smith, come in, come in. Y el perro va porque le están dando de comer a la perra y también le dan de comer al perro que un señor estaba jalando con un mecate, y así.
Pero, ¿pueden pasar muchos días sin que un perro perdido de una casa que tenía un señor, una señora, unos niños y un plato, se ponga triste? Está muy triste Lobo. Ven, Smith, no te pongas triste. Maurice, Maurice, por qué estás triste. Coño, cómo le haremos, el perro está triste. Ya tiene muchos días en la casa del señor que ya tenía perro —perra— pero cada día está más triste. Así los perros no pueden estar. Para qué los quiere uno así. So¬bre todo los perros que se pierden. Deberían traer una medalla al cuello con su nombre y su dirección. Porque si alguien los pierde los perros se ponen tristes. Qué caos.
¿Estará vacunado? ¿Este perro estará vacunado? Sí, tiene una medalla al cuello con la fecha de su vacuna. O sea, que sí está vacunado. No le puede dar rabia, ni moquillo. Así que era un perro al que vacunaron. ¿Te vacunaron, Smith? Maurice, Lobo, te vacunaron, ¿verdad? Habla, perrito, habla. ¿No vas a hablar? No, claro. Si hablaran no se perderían. Así es que en la medalla está el nombre de su veterinario. Con el teléfono y la dirección de su veterinario. Uf. Vamos a ver si el veterinario sabe de quién es este perro, porque está muy triste.
Mire, doctor: un mecate, sí, con un mecate. No, grande, y fino. Nosotros, Smith, pero no sabemos. Negro y muy dócil. En tales y tales calles. A lo mejor es de un señor que perdió su pe¬rro. Muy triste. Por eso, muy triste. Unos aullidos que parecen mugidos de vaca. Es decir, como de toro. Como quien dice, uno oye y parece un toro mugiendo. Nosotros, una perra de la misma raza. No, ella no. Es que un perro así. No, no puede andar sin que alguien diga qué bonito perro, me lo llevo a mi casa. Collar, sí, pero sólo con la medalla de la vacunación que dice que lo vacunaron contra la rabia (y de seguro contra el moquillo, ¿no? ¿Usted vacuna? Ah, porque nosotros también tenemos, y como está muy triste. Una tragedia. ¿Como de detectives? Ja, ja. Sí, como de detectives. Pues mis hijos. Y una señora. Nuestra perra tiene una señora y un señor, bueno, me tiene, y unos hijos y comprendemos. Casa y plato. Pero es que un señor afuera de su coche, un día, con un mecate, en tal y tal esquina. Perrito, chst, perrito. Se lo voy a agradecer mucho porque está muy triste.
Tantos perros tiene la clínica. Tantas vacunas. A ver qué perros finos hay por tal y tal calles. Qué perros, nosotros. Mire, debe de ser el perro de tal señor. Digamos: no sé, pero podría ser tal perro. Como decir, podría ser cualquier perro, pero a ver. Porque a veces se pierden. Tal número de teléfono, tal nombre.
¿Bueno? Que si aquí hay un señor que ha perdido un perro.